Durante varios años, Morena construyó buena parte de su fuerza política bajo una promesa sencilla pero poderosa: ser diferente. Diferente al PRI, diferente al PAN y diferente a esa vieja clase política que durante décadas fue señalada por corrupción, privilegios, impunidad y complicidades. Sin embargo, conforme el movimiento se convirtió en gobierno y concentró cada vez más poder, esa narrativa comenzó a enfrentar su prueba más difícil: la realidad.
Hoy Morena sigue siendo una fuerza electoral considerable en Chihuahua y sería incorrecto afirmar que está derrotado. De hecho, varias encuestas todavía lo colocan en primer lugar rumbo a la elección de gobernador de 2027. Pero también existen señales claras de desgaste. La serie histórica de SRC muestra que Morena pasó de 51.1% de intención de voto en septiembre de 2025 a 42.8% en julio de 2026. Continúa por encima del PAN, pero perdió buena parte de aquella enorme ventaja.
Otra medición de TResearch, correspondiente a julio, coloca a Morena con 28.7%, frente al 22% del PAN. Es decir, también ahí aparece arriba, pero muy lejos de representar una elección resuelta. Y en la capital del estado el escenario resulta todavía más complicado para el oficialismo: una medición de agosto de SRC ubica al PAN con 46.8% y a Morena con 35.6% en intención de voto para la presidencia municipal de Chihuahua.
¿Qué está sucediendo?
El problema de Morena puede terminar siendo precisamente aquello que durante años utilizó para criticar a sus adversarios: el desgaste producido por ejercer el poder.
Los casos recientes relacionados con investigaciones, acusaciones y señalamientos sobre presuntos vínculos de personajes políticos con el crimen organizado han generado un problema que rebasa a cualquier estado. El caso de Sinaloa, por ejemplo, ha colocado a figuras vinculadas al oficialismo bajo una enorme presión política y pública. Debe subrayarse que una acusación o investigación no equivale a una sentencia y que las responsabilidades corresponden determinarse a las autoridades. Pero políticamente el daño existe desde el momento en que una fuerza que prometió combatir las prácticas del pasado comienza a enfrentar cuestionamientos similares.
Ahí está uno de los mayores riesgos para Morena.
Durante mucho tiempo el discurso oficial pudo responder a prácticamente cualquier escándalo señalando hacia atrás: “los de antes también lo hicieron”. Ese argumento pierde fuerza después de años gobernando. Una ciudadanía que votó por un cambio no necesariamente está dispuesta a aceptar que las mismas prácticas sean justificadas simplemente porque ahora las realizan, toleran o enfrentan personajes relacionados con un partido diferente.
El problema no son únicamente los escándalos. También está la credibilidad.
Cuando el discurso político insiste en que todo marcha bien mientras una parte de los ciudadanos observa inseguridad, corrupción, confrontaciones internas o contradicciones entre lo que se prometió y lo que sucede, aparece una brecha peligrosa entre la narrativa del gobierno y la percepción de la calle.
Y Chihuahua tiene características políticas particulares.
No es un estado donde Morena pueda asumir que la marca nacional será suficiente. El PAN mantiene una estructura importante, gobierna actualmente la entidad y conserva fortaleza en zonas estratégicas. Además, las mediciones muestran que la elección de 2027 puede convertirse esencialmente en una competencia entre Morena y Acción Nacional. Morena parte con ventaja en varias encuestas, pero está lejos de tener la gubernatura asegurada.
A esto se suma una batalla interna que tampoco ayuda. La disputa por la candidatura de Morena en Chihuahua ha evidenciado diferencias entre sus propios grupos políticos y aspirantes. Este 3 de septiembre, incluso, la pugna interna por la candidatura estatal volvió a ocupar la discusión nacional, mientras la dirigencia intenta proyectar unidad rumbo a 2027.
Y las elecciones se pueden perder mucho antes de llegar a las urnas.
Se pierden cuando un partido deja de escuchar porque cree que su popularidad es permanente. Se pierden cuando comienza a justificar aquello que antes condenaba. Se pierden cuando sus militantes defienden personas en lugar de principios. Y se pierden cuando el poder convence a sus dirigentes de que cualquier crítica proviene de un enemigo y no de ciudadanos que simplemente esperan mejores resultados.
Morena todavía tiene tiempo para corregir. Tiene organización, presencia territorial, recursos políticos y una base electoral importante. Sería absurdo minimizarlo.
Pero también sería un grave error dentro del propio partido pensar que Chihuahua ya está ganado.
La elección de 2027 podría convertirse precisamente en el momento en que muchos ciudadanos decidan evaluar a Morena no por lo que prometió cuando era oposición, sino por aquello en lo que se convirtió después de llegar al poder.
Y ahí estará la verdadera prueba.
Porque cuando un movimiento que nació denunciando corrupción, impunidad y complicidades comienza a ser cuestionado por problemas semejantes, ya no basta con repetir que los adversarios son peores.
Para ganar Chihuahua, Morena tendrá que convencer a los ciudadanos de que todavía representa un cambio.
Y cada día parece más difícil hacerlo solamente con discursos.
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