El abastecimiento de diésel vuelve a colocarse en el centro de la agenda energética mexicana por la dependencia de importaciones y las limitaciones operativas del sistema nacional de refinación.
México importa una parte relevante del combustible que consume, principalmente desde Estados Unidos, mientras las refinerías nacionales enfrentan problemas de eficiencia y calidad del crudo procesado.
El tema importa porque el diésel mueve buena parte del transporte de carga, autobuses, maquinaria agrícola y actividades industriales, por lo que cualquier presión se transmite a costos logísticos.
El contrabando conocido como huachicol fiscal añade otra distorsión al mercado al introducir combustible sin el pago correcto de impuestos y competir de manera irregular con distribuidores formales.
Para Ciudad Juárez y otras ciudades fronterizas, los precios y la disponibilidad son especialmente sensibles a cambios en el comercio energético con Estados Unidos.
El Gobierno ha aplicado estímulos y medidas contra el contrabando, pero la capacidad de refinación y la modernización de instalaciones siguen siendo factores estructurales.
La evolución de precios internacionales, importaciones y producción de Pemex determinará si las presiones actuales se moderan o continúan durante el cierre de 2026.
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